Javier Moreno, director del diario “El País”:
EL FUTURO DEL PERIÓDICO
ESTÁ EN LA RED INTERNET

“La web ofrece la posibilidad de una información tan profunda, tan en detalle y de tal modo inabarcable que la comparación hace palidecer al más pintado defensor del periódico tradicional”
(Extracto de la conferencia del director del diario español al inaugurar el 10 de marzo un congreso de periodismo digital en la ciudad de Huesca)
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Los periódicos siguen desempeñando un papel formidable en la vida de muchas personas y, lo que resulta igualmente importante, en la formación de la opinión y el debate público en las democracias en las que vivimos, un asunto fundamental al que quiero referirme luego. Pero he de reconocer, en estos días en que las Redacciones vivimos jornadas y cierres apasionantes con las revueltas en el mundo árabe, que es probable que alguien extremadamente interesado en lo que está sucediendo en Egipto o en Libia, por ejemplo, tenga mañana temprano más interés en precipitarse a la pantalla de su ordenador o su iPad para consultar en EL PAÍS la última hora, la información actualizada, las galerías de fotos, los vídeos, y el resto de posibilidades que Internet ofrece, que caminar hasta un quiosco para obtener una imagen congelada 10 o 12 horas atrás de lo que estaba sucediendo en las plaza de Egipto o en los campos donde se libra la guerra civil en Libia. Sin contar, naturalmente, toda la información que las redes sociales, sobre todo Twitter, le pueden proporcionar al instante.
Todos esos lectores han sido hasta hace pocos años asiduos consumidores de periódicos, huérfanos muchas veces de la información que necesitaban y los periódicos no podíamos ofrecer, o simplemente no ofrecíamos. Y todos ellos lo están dejando de ser, a mayor o menor velocidad, vistas las cifras decrecientes de circulación del conjunto de la prensa escrita en Occidente en los últimos 10 años.
Sobre todos y cada uno de los temas que he citado antes, y sobre varios miles más, la web ofrece la posibilidad de una información tan profunda, tan en detalle y de tal modo inabarcable que la comparación hace palidecer al más pintado defensor del periódico tradicional. Incluso de los buenos periódicos, que los sigue habiendo, naturalmente. Un buen periódico, dijo Arthur Miller, consiste en la nación dialogando consigo misma. En inglés, the nation talking to itself. Cuando la nación se pone a dialogar consigo misma resulta harto complicado prestar la suficiente atención o dedicar el espacio que merecen Amy Winehouse, la moda o el brócoli.
LOS LECTORES TAMBIÉN ESCRIBEN
Pero esto que acabo de describir, la fragmentación de la audiencia, junto con el consumo pasivo de una cantidad de información en modo digital que la prensa escrita no puede satisfacer, está lejos de agotar el problema al que se enfrenta la prensa tradicional. No solo eso, sino que la otra parte del fenómeno, la participación activa de los hasta hace poco pasivos lectores, supone, a mi parecer, un desafío –pero también una oportunidad– de un calibre tal que dudo que la industria, en su conjunto, haya comprendido en toda su magnitud.
Cada vez más ciudadanos escriben y publican sus propias opiniones, transmiten información, hacen circular fotos que previamente han realizado con sus cámaras o sus teléfonos móviles; esto es, hacen todo aquello que antes hacíamos solo, o principalmente, los periodistas.
Pero eso no es todo. Hay algo más perturbador, al menos para los que estamos en esta sala. En muchas ocasiones, deberíamos reconocer que lo hacen mejor que los periodistas profesionales. En un asunto concreto, por exótico que este sea, siempre habrá un especialista, profesional o no, que sepa más de Winston Churchill, del efecto Doppler, del gasto sanitario per cápita en la provincia de Huesca o de Amelita Galli-Curci que el periodista correspondiente al que le toque escribir de todo ello, sea de forma circunstancial o porque se haya especializado en el tema. Especialmente si se trata de un periodista joven, si está aún en proceso de formación o los bajos sueldos y la precariedad no le han permitido asentar sus conocimientos y su oficio.
¿Cuántos médicos, ingenieros o doctores en ciencias abstrusas escriben sin embargo con gran claridad sobre temas que, sin duda alguna, dominan mejor que cualquier Redacción, por sobresaliente que esta sea?
Todos los ciudadanos que hoy comparten sus conocimientos, sus intereses y sus obsesiones en la Red eran invisibles hace 15 años. Las nuevas tecnologías, la web en general, más específicamente los blogs, Twitter, Facebook y demás les han permitido emerger del segundo plano y tomar la delantera. La reacción de las Redacciones en general, de muchos periodistas profesionales y de la totalidad de las empresas periodísticas durante estos 15 años ha oscilado entre el desdén y la irritación creciente. Yo puedo comprender, desde un punto de vista humano, esta reacción ante la aparición y consolidación posterior de un fenómeno que se percibió siempre por parte de las Redacciones como un desafío al establishment. Al establishment de los periódicos, por supuesto, que también existe, y del que quiero hablar luego.
¿UNA CATÁSTROFE INTELECTUAL?
Todo ello ha supuesto una catástrofe intelectual que ha frenado durante años la evolución que los medios de comunicación debemos necesariamente emprender si no queremos acabar arrumbados en la gran conversación global que, cada vez con más fuerza, y las revueltas en el mundo árabe son la última muestra, se impone sobre la realidad, la describe, la explica y la dota de sentido para millones de ciudadanos en todo el planeta.
¿Significa todo lo anterior que el periodismo profesional ya no sirve? ¿Que las nuevas tecnologías están a punto de dejar obsoleto el oficio tal como lo hemos conocido hasta ahora? ¿Que el periodismo-ciudadano, con esta u otra denominación, y la posibilidad teórica de que todos y cada uno de los habitantes del planeta puedan convertirse en emisor de información significa que las bases del oficio han resultado devastadas por el vendaval de la historia y la tecnología? Rotundamente no.
¿Pero, por otra parte, se puede seguir haciendo periodismo, o mejor dicho, se pueden seguir haciendo periódicos al margen de todo lo anterior, de los médicos con blogs de una calidad excepcional, del flujo permanente de buena información en Twitter, de los lectores que critican, opinan, discuten, valoran y tratan de aportar su esfuerzo de comprensión de la realidad global gracias a Internet y las redes sociales? Tampoco. Rotundamente no. Vuelvo a citar a Joseph Pulitzer en el ensayo titulado El poder de la opinión pública: “Dijo el astuto Tocqueville: un periódico puede enviar la misma idea a miles de mentes a la vez. Pero ahora”, continúa Pulitzer, “un periódico puede enviar la misma idea a un millón de mentes en el mismo día”. Fin de la cita. Y yo me pregunto: ¿A cuántas mentes puede enviar una idea una sola persona no ya en el mismo día, sino en el mismo instante con su cuenta de Twitter?
(De tener alguna idea en su cabeza, Ashton Kutcher podría transmitirla a 4,7 millones de personas, por ejemplo).
Permitidme recurrir a dos ejemplos recientes para dejar claro mi punto de vista sobre estas cuestiones que os acabo de plantear. Tanto las revueltas en el mundo árabe como las filtraciones de WikiLeaks ofrecen una interesante reflexión sobre el papel del periodismo en la era de Internet.
Ambas se sitúan, aunque de forma muy distinta, en el vértice que conjunta periodismo tradicional y las nuevas tecnologías. Por cierto, yo creo que cualquier adjetivo al sustantivo periodismo rebaja la calidad del resultado. Así que utilizo aquí “tradicional” solo por precisión metodológica.
Resulta innegable que Twitter o Facebook han desempeñado un papel de primera magnitud en la organización de las revueltas y en su propagación. Decenas o centenares de miles de personas en los países afectados, y también en el resto del mundo, han contribuido con su esfuerzo no solo al éxito de estas sino que han alimentado el flujo de noticias con información relevante, precisa, inmediata y por todo ello fundamental para seguir el desarrollo de los acontecimientos. Pero resulta imprescindible reconocer que hubiese sido tarea imposible aprehender la complejidad de lo sucedido, de Túnez a Yemen, sin la profesionalidad de los reporteros de Al Jazira, sin su extensa red de contactos locales en los países árabes, sin su facilidad para comprender y trasladar al resto del mundo la idiosincrasia de las distintas sociedades árabes, y sin su capacidad de recurrir a expertos con profundos conocimientos en el asunto. En definitiva, sin su capacidad de articular un relato.
En un momento tan trascendental se ha venido a demostrar de nuevo la necesidad simultánea de dos ideas que algunos se empeñan en enfrentar de forma excluyente: Internet y las redes sociales de un lado, y el ejercicio del periodismo profesional, del otro.
Por ello, resulta imperativo que los periódicos y los periodistas insertemos nuestro oficio y nuestra industria, nuestro trabajo y nuestro modelo de negocio, en la nueva realidad. De ello dependen seguramente no solo nuestros puestos de trabajo, sino los perfiles futuros de nuestra democracia. Vuelvo a Pulitzer, hablando de Estados Unidos hace cien años. “Nuestra república y su prensa triunfarán o caerán juntas. Una prensa capaz, desinteresada y solidaria, intelectualmente entrenada para conocer lo que es correcto y con el valor de perseguirlo, conservará esa virtud pública sin la cual el gobierno popular es una farsa y una burla. Una prensa mercenaria, demagógica y corrupta, con el tiempo producirá un pueblo tan vil como ella.
El poder de modelar el futuro de la república estará en manos de los periodistas de las próximas generaciones”.
Muchos de esos periodistas de las próximas generaciones estáis aquí, hoy, en esta sala. El futuro está en vuestras manos, junto con las de millones de ciudadanos que se expresan cada día, con voz cada día más potente, en las redes sociales. No dejéis de escucharles nunca.
Muchas gracias.